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“Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma”: Jane Schoenbrun reinventa el slasher desde el deseo queer

Jane Schoenbrun lleva el cine slasher hacia un territorio de deseo, identidad y ficción desbordada en “Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma” (Teenage Sex and Death at Camp Miasma, Estados Unidos, 2026), una película protagonizada por Hannah Einbinder y Gillian Anderson que reinterpreta los códigos del horror juvenil de los años ochenta.

La historia sigue a Kris, una joven cineasta queer contratada para relanzar la franquicia ficticia Camp Miasma, una saga de terror cuya popularidad ha disminuido con el paso del tiempo. Sin embargo, su interés se concentra en Billy Presley, la actriz que interpretó a la sobreviviente original y que vive retirada en el antiguo lugar de filmación, en una zona remota del noroeste del Pacífico.

A partir de ese encuentro, la cinta abandona progresivamente la lógica de una simple actualización de franquicia y se convierte en una reflexión sobre la manera en que las películas pueden moldear el miedo, la sexualidad y la percepción de uno mismo. El campamento funciona al mismo tiempo como escenario del slasher y como espacio mental donde realidad, memoria y ficción comienzan a mezclarse.

Una relación marcada por el cine y la obsesión

Kris y Billy desarrollan una relación intensa mientras revisan la película original de Camp Miasma. La cercanía entre ambas revela que el deseo no aparece separado de la violencia ni de la mirada cinematográfica, sino atravesado por las imágenes que las dos han construido alrededor de la saga y de su asesino, Muerte Chiquita.

El personaje interpretado por Anderson representa a una figura atrapada entre la fama del pasado y el aislamiento del presente. Einbinder, por su parte, encarna a una directora que intenta comprender su propia identidad mientras enfrenta las expectativas de una industria que le exige convertir una franquicia masculina y tradicionalmente violenta en un producto acorde con el presente.

El camp como estética y como escenario de horror

El título aprovecha la ambigüedad de la palabra “camp”: puede referirse al campamento donde ocurren los crímenes, pero también a una sensibilidad estética asociada con el exceso, la teatralidad y el gusto por aquello que resulta deliberadamente exagerado. Schoenbrun utiliza esa doble lectura para construir una película que dialoga con el slasher clásico sin limitarse a reproducirlo.

La fotografía colorida de Eric Yue, la música de Alex G y el montaje de Graham Mason refuerzan la inestabilidad del relato. Las imágenes parecen contener otras imágenes y las escenas del presente se confunden con fragmentos de películas, recuerdos y fantasías, hasta formar una experiencia visual deliberadamente perturbadora.

La película también establece vínculos con referentes del cine de horror y del imaginario cinematográfico, desde “Halloween” y “Viernes 13” hasta “Mulholland Drive”, “Videodrome” y “El ocaso de una vida”. Estas referencias no funcionan únicamente como homenajes: ayudan a mostrar cómo la cultura popular puede convertirse en una forma de educación emocional y sexual.

Entre Eros y Tánatos

El horror de “Campamento Miasma” se sostiene en la tensión entre el deseo y la muerte. Sus personajes no son presentados únicamente como víctimas del asesino, sino como mujeres que toman decisiones, confrontan sus deseos y cuestionan el lugar que ocupan dentro de las historias de terror.

Con esta combinación de erotismo, violencia y metaficción, Jane Schoenbrun transforma una premisa de slasher en una exploración sobre el cuerpo, la mirada y la identidad. El resultado es una cinta que utiliza la sangre y el exceso para preguntar hasta qué punto las imágenes que consumimos terminan definiendo aquello que deseamos y tememos.